Durante mucho tiempo pensé que lo difícil de cuidar a una persona que amo era solamente el cansancio.
Los horarios, los medicamentos, los médicos, los trámites, las preocupaciones, estar pendiente de todo y tratar de sostener emocionalmente a alguien que está atravesando una enfermedad.
Pero después entendí algo que para mí cambió completamente la manera de mirar lo que me estaba pasando: yo naci neurodivergente con TDAH.
Y cuidar a alguien cuando tenés un cerebro neurodivergente no es simplemente hacer las mismas cosas que hace cualquier otra persona, pero con un poco más de esfuerzo. Hay determinadas demandas del cuidado que chocan directamente con la forma en la que funciona mi cerebro.
Necesito recordar medicamentos, horarios, turnos, estudios, trámites, indicaciones, cosas que hay que comprar, cosas que hay que hacer y cosas que no puedo olvidar. Y mi cabeza ya tiene dificultades para sostener demasiada información al mismo tiempo.
Entonces aparece algo que quizás desde afuera no se ve.
La ansiedad de pensar: ¿Y si me olvido?¿Y si confundí el horario?¿Y si se me pasó algo?¿Y si no estoy haciendo lo suficiente?.
No hace falta que algo haya salido mal para que mi cabeza ya esté anticipando todo lo que podría salir mal.
También descubrí que mi manera de sentir las cosas puede ser diferente. Cuando veo sufrir a alguien que amo, no solamente entiendo que está sufriendo. Muchas veces lo siento con una intensidad que me desborda. La tristeza, la frustración, la impotencia, la culpa o el miedo pueden pasar de cero a cien muy rápido.
Y después aparece la culpa por haber reaccionado así.
Como si además de cuidar a la otra persona tuviera que cuidar perfectamente mis propias emociones.
También empecé a reconocer algo que antes interpretaba como falta de voluntad: esa sensación de quedarme paralizado cuando tengo demasiadas cosas para hacer.
No es que no quiera hacerlo.
Es que a veces tengo tantas cosas en la cabeza que no sé por dónde empezar.
Una tarea lleva a otra, una preocupación lleva a otra, aparece un trámite, después un turno, después un medicamento, después algo que surgió de improviso… y llega un momento en el que mi cerebro simplemente dice: “No sé qué hacer primero”.
Y ahí aparece otra de las cosas que más me costó entender: el tiempo.
Puedo creer que algo me va a llevar diez minutos y terminar tardando una hora. Puedo pensar que todavía tengo tiempo y de repente descubrir que ya es tarde. Y cuando eso ocurre dentro de una situación donde hay otra persona que depende de mí, la culpa se multiplica.
Pero hay otra cara del TDAH que también descubrí.
El hiperfoco, el bendito y cruel hiperfoco.
Puedo concentrarme tanto en el bienestar de la persona que estoy cuidando que desaparezco yo.
Me olvido de comer.
Me olvido de descansar.
Dejo para después mis propias cosas.
Pospongo mis necesidades.
Y puedo pasar horas completamente concentrado en resolver algo del otro sin darme cuenta de que mi propio cuerpo ya me está pidiendo que pare.
Y ahí entendí algo que para mí es fundamental: cuidar a alguien no significa desaparecer.
Porque si yo me quemo intentando sostener a otra persona, tarde o temprano también dejo de poder sostenerla.
Por eso empecé a descubrir que quizás el problema no era que yo necesitara convertirme en un cuidador perfecto.
Quizás necesitaba dejar de exigirle a mi cerebro que funcionara como no funciona.
Tengo que sacar información de mi cabeza y ponerla afuera.
Alarmas, notas, pizarras, listas, recordatorios, pastilleros organizados…
Todo lo que pueda ayudarme a no depender exclusivamente de mi memoria.
Y esto, para mí, no es hacer trampa.
Es adaptar el entorno a mi manera de funcionar.
También entendí que cuanto más complicada sea una rutina, más posibilidades tengo de saturarme. Entonces necesito simplificar. Automatizar lo que pueda. Reducir pasos innecesarios. Hacer que las cosas sean fáciles de recordar y difíciles de olvidar.
Y aprendí otra cosa que todavía me cuesta: pedir ayuda…
Porque cuando uno ama a alguien y siente que tiene que hacerse cargo, puede caer fácilmente en el “yo tengo que poder con todo”.
Pero no!!!
No tengo que poder con todo y tampoco puedo con todo…
Y pedir que alguien se haga cargo de una tarea concreta no significa que ame menos a la persona que estoy cuidando.
Significa que estoy intentando sostener este proceso sin destruirme en el camino.
También estoy aprendiendo a reconocer cuándo estoy llegando a mi límite.
Porque mi frustración no significa que quiera menos a esa persona, mi cansancio no significa que sea egoísta.
Necesitar estar solo un rato no significa que esté abandonando a nadie.
A veces necesito alejarme cinco minutos, respirar, llorar, caminar, descargar la tensión y volver.
Y eso también es cuidar.
Cuidarme.
Creo que una de las cosas más peligrosas que descubrí es que puedo olvidarme completamente de mí cuando alguien que amo está mal y ahora estoy entendiendo que eso tampoco es amor.
Porque yo también soy una persona que necesita ser cuidada.
Y esto no lo cuento para usar la neurodivergencia y el TDAH como excusa.
Todo lo contrario.
Lo cuento porque conocer cómo funciona mi cerebro en esta etapa de mi vida me está permitiendo hacerme responsable de una manera diferente.
No puedo cambiar la forma en la que funciona mi cerebro, pero sí puedo dejar de pelearme con él y empezar a construir alrededor de él.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que adaptarme yo a todo, pero me harté.
Hoy estoy empezando a entender que también puedo crear un sistema que se adapte a mí.
Y quizás eso sea parte de lo que estoy descubriendo en esta etapa con mi condición: no necesito convertirme en una persona neurotípica para poder cuidar, amar, trabajar, vivir y hacerme cargo de mi vida.
Necesito conocerme, necesito dejar de exigirme funcionar como los demás y necesito aprender a construir mi propia manera de hacerlo.
Diego Matus
para Expande Consciencia